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El otro día estaba cenando con un amigo y entre todas las cosas que comentamos, me explicaba que esa misma semana había tenido una entrevista de trabajo de la que no había salido muy airoso. Al preguntarle por las razones, me argumentaba sin tapujos que “no se lo había currado mucho”. Que no se había preparado nada bien para el encuentro y que se vio en mitad de la conversación con la persona que le entrevistaba teniendo que improvisar fechas o ejemplos de su propia vida. Con lo extraño que suena eso: no dominar el discurso de nuestra vida. Además, esa falta de preparación previa, le había impedido preparar preguntas; se quedó en blanco y se fue del encuentro sin saber muy bien a qué se dedicaba la empresa o, más grave aún, en qué consistía el puesto de trabajo. Ahí ya dejé de preguntar más, pero me dejó muy claro que tampoco había pensado en qué tipo de actitud podía haber tomado durante la entrevista, ni cómo debería haberse vestido para causar una buena impresión.

Creo que tendemos muchas veces a acercarnos a una entrevista como hacíamos con el examen de esa asignatura que pensábamos que controlábamos perfectamente (en este caso nuestra vida laboral) y desde esa confianza no nos planteamos que en una situación tan poco habitual como es una entrevista de trabajo, aparecen muchísimas variables que pueden afectar tanto el contenido de nuestro discurso como en la forma de expresarlo. Y no es extraño que la situación genere ciertos nervios. En 1 hora aproximada tenemos que saber exponer de forma concentrada y ordenada varios años de nuestra vida. No sólo eso, además, nos exponemos a preguntas e interlocutores de todo tipo y condición. Todas ellas, son variables que no podemos controlar pero hay muchas otras en las que sí podemos influir y que, con una preparación previa, incluso se pueden convertir en nuestras aliadas durante la entrevista.

Hablo de elementos tan obvios como conocer las fechas de nuestros principales hitos laborales, tener claro cómo nos definiríamos como profesionales o qué tipo de futuro trabajo queremos y cuáles son nuestras expectativas.

Pero también me refiero a detalles menos obvios pero igual de importantes. Por ejemplo, deberíamos tener claras las competencias profesionales que nos gustaría remarcar durante el transcurso de la entrevista (p. ej.: si somos personas planificadoras, deberíamos dejarlo claro durante toda la conversación), la valoración que hacemos de experiencias pasadas o quienes han sido nuestros compañeros de trabajo referentes. Por no hablar de lo útil que sería abordar cuestiones más estilísticas en referencia al modo de expresarnos; qué pausas queremos hacer durante nuestro discurso para que la información cale en mayor medida o qué de locuaces o tendentes a abreviar el discurso somos y cómo usar eso en nuestro beneficio. Pautas que cualquier profesional de la oratoria trabaja y que nos podrían ayudar a empoderar nuestro discurso y al mismo tiempo tener una actitud un poco más relajada durante la entrevista.

Al fin y al cabo, invertir un poco de tu tiempo y recursos en saber exponer adecuadamente una parte de la vida a la que le has dedicado tanto tiempo y recursos, debería ser una decisión muy a tener en cuenta.