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Se llamaba Michael Collins y nació en Roma en 1930. Hijo de un agregado militar de US a la embajada italiana, se licenció en West Point  y fue Piloto de las Fuerzas Aéreas estadounidenses. Cuando quiso ingresar en la NASA, le rechazaron pero, lejos de amilanarse, entrenó a tope y a la siguiente oportunidad consiguió que le seleccionaran.

Pilotó el Geminis X, uno de los primeros vuelos al espacio y finalmente, con más de 5.000 horas de vuelo a sus espaldas entre una cosa y otra, fue elegido para la misión del Apolo XI junto con Edwin E. Aldrin y Neil Armstrong.

El meollo del asunto es que su cometido no era pisar la luna, sino más bien llevar a sus compañeros hasta la órbita lunar, desde donde lanzarían una capsula bautizada Eagle, esa que todos reconocemos nada más verla  y que siempre me hace pensar en las múltiples e increíbles aplicaciones que tiene el papel de aluminio.

Obviamente, su segundo cometido era traerlos de vuelta sanos y salvos.

Mientras toda la humanidad contemplaba la hazaña en directo y veía como los compañeros de Collins saltaban a la superficie del satélite, diciendo aquello de “Es un pequeño paso para el hombre….” , nuestro protagonista  estuvo más de 15 horas orbitando alrededor de la luna. Durante todo este tiempo, perdía la comunicación durante 48 minutos cada hora debido a la masa del satélite sobre el que orbitaba.

Imaginaos, con solo 12 minutos de conexión, esperar otros 48, aislado en medio del cosmos y sin tener ni idea si en la siguiente vuelta habría malas o muy malas noticias. Afirmó después que en esos momentos se sintió “el ser humano más solo de la Tierra”.

Imaginaos un astronauta de vocación tan cerca de la luna (a solo 100km de la superficie) y sin poder llegar a ella , siendo consciente de que, si algo salía mal, volvería a la Tierra solo. Ya no sería un héroe sino más bien lo contrario, como un portero de futbol cuando falla.

Sabía que, si salían de aquella, no iba a ser el más glorificado y reconocido de los tres, como así se demostró y se demuestra hoy en día. Si preguntas a cualquiera probablemente no sepan quién es, yo tampoco lo sabía hasta hace poco.

El resto de la historia ya la conocemos. Aterrizaron felices como perdices y el nombre de Neil Armstrong resuena como una campana en la cabeza cada vez que alguien menciona la palabra “luna” o “astronauta”.

Michael Collins tenía una misión que cumplir, era el mejor piloto, con más horas de vuelo que cualquiera de sus dos compañeros y con las habilidades y aptitudes precisas para soportar la presión del cometido. A mi juicio la responsabilidad más compleja y difícil de todo el proyecto.

En mi ámbito profesional trato con equipos diferentes de distintas empresas, culturas y sectores y siempre intentó identificar  cuantos Michael Collins tengo enfrente.

Es importante contrastar que cada uno desempeña las funciones que deben. Los equipos mejor valorados son los que afirman que en su trabajo pueden utilizar y desplegar todos sus puntos fuertes; sin duda Michael Collins era el mejor para el trabajo que le encomendaron. Pero más allá de esto, un verdadero equipo comparte valores como el sacrificio, la solidaridad, la asunción de riesgos o la humildad.

Si algo nos enseña Mr. Collins y su historia es que, por muy buenas habilidades, experiencia y conocimientos que tenga cada individuo, si no existen valores  compartidos nos quedaremos en Tierra, discutiendo quien pilota la nave y quien pisa la Luna.

 

Autor: Iñaki Goyeneche | Responsable Consultoría Personas y Head Hunter